Cuando todo cambia

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Cuando me enteré que estaba embarazada, las primeras horas post-noticia me pasaron como en cámara lenta y en mute. Mi ginecóloga empezó a escribir recetas para vitaminas, me dio una orden para miles de exámenes y finalmente me dijo: ¡Nos vemos en un mes! – con una enorme sonrisa. Solo pude salir del consultorio sin decir nada, casi me voy sin pagar, y quedarme en blanco. Estaba parada en el lobby del edificio de consultorios sin saber qué hacer. ¿Cuál era el siguiente paso? En ese momento pensé que toda mi vida había cambiado, pero nunca pude imaginarme cuánto realmente cambiaría.
Después de muchas decisiones, pasos hacia adelante y de abrazar esta nueva etapa, logré adaptarme a mi nueva vida de embarazada. Comencé a formar un hogar con mi pareja (en ese momento casi ni novio) y me vi a mí misma en una nueva casa, nuevos muebles, nueva dirección… nuevo hogar. Cuando finalmente me sentía feliz y dichosa en este nuevo capítulo en mi vida, entonces la verdadera aventura comenzó: nació mi bebé.
Di a luz un jueves de madrugada después de casi 10 horas de parto. Digo di a luz porque realmente viví toda la experiencia de un parto natural pero con el gran final feliz de una cesárea (las mamás que hayas tenido una cesárea entenderán mi sarcasmo). Cuando mi pequeño llegó a este mundo, me aseguré de que esté bien y sano (y con la total atención de su padre) y di un suspiro enorme y me sentí rendida. El agotamiento físico, mental y emocional de estar en parto tanto tiempo para que todo el plan se vaya finalmente a la basura y tenga que entrar al quirófano se llevó lo mejor de mí. Intenté descansar en el hospital lo más que pude, intenté estar tranquila y relajada sobre mi bebé, intenté apoyarme mucho en mi familia y mi esposo, y finalmente creo que si lo logré pero nadie me dijo que lo más duro estaba recién por comenzar.
El viernes de noche mi bebé durmió conmigo en mi habitación. Nunca sentí el miedo que muchas mamás describen de estar pendientes si su hijo respira, si está bien en su moisés, etc. El cansancio me obligaba a dormir casi todo el tiempo y mi mente no estaba nerviosa por mi pequeño en esos momentos. Esa primera noche, esta pequeñita criatura lloró en la mitad de la noche y parecía ser hambre. Tomó 20 minutos en cada seno y se durmió. En mi mente yo pensaba como todo estaba saliendo tan perfecto y tan fácil. A los 10 minutos lloró de nuevo y volvió a tomar 20 minutos por seno, esta vez sin estar satisfecho no paró de llorar hasta que una enfermera vino a la habitación y tuvo que llevarse a mi bebé a tomar suero en biberón porque parecía que no había leche en mis senos. Después de lactar más de dos horas y no saber qué hacer por media hora más, tuve que dejar ir a mi hijo lejos de mí y poder descansar un poco. Este fue el primer momento donde sentí que mi plan no estaba saliendo como lo esperado. Ignore mis sentimientos y simplemente cerré los ojos y me quedé profundamente dormida.
La mañana siguiente (no estuve más tiempo en el hospital porque mi doctora dijo que estaba todo perfecto y podía descansar en casa) llevé a mi chiquito a la casa. Cuando salí de la clínica empecé a sentir que me abrumaba una sensación  de nervios mezclada con profunda tristeza cada vez más fuerte. Todo esto mezclado con dolor corporal y una extraña insatisfacción por mi  vulnerabilidad post-cirugía, generaron miedo y preocupación. A pesar de esto, el primer día con mi hijo en casa rodeada de mis padres y familia estuvo hermoso y llevadero… Hasta que llegó la noche. Recuerdo que los primeros días sonreía y me sentía relajada con las visitas y con mi bebé; pero después de las primeras noches las cosas empezaron a cambiar. Un maravilloso ser había “invadido” mi vida. Había tomado total control sobre mi cuerpo, mi sueño, mis comidas, mi atención y tiempo, ¡incluso de mi habitación! – y este pequeño autócrata no pedía perdón ni permiso. No podía creer que un recién nacido podía llorar tanto por tanto tiempo. No podía creer que entre mi esposo y yo buscábamos culpables de este llanto y nos exaltábamos el uno con el otro. No podía creer que todas las noches nos preguntábamos si era necesario ir a urgencias. No cabía en mi cabeza que ser madre sería tan estresante y frustrante. Desde que mi chiquito nació, fuimos a la consulta del pediatra todas las semanas por un mes y medio. Estábamos en un momento crítico como pareja y cada vez estábamos más frustrados como padres. Todo el tiempo me preguntaba a mi misma si realmente éramos nosotros los que estábamos fracasando en este nuevo rol, o había algo genuinamente mal con nuestro bebé. Al principio nadie nos creía que había algo diferente con nuestro hijo. Lo primero que me dijo el pediatra es que seguramente era mi estrés y preocupación lo que le estaba generando molestias digestivas y cólicos constantes al enano. Luego me dijeron que podía ser una intolerancia a la lactosa y que me alejara de los productos lácteos. Todo esto mientras mi bebé no paraba de sentirse muy mal y lo expresaba efusivamente. Todos los miembros de mi familia estaba seguros que todo esto era por ser madre primeriza, inexperta y, sobre todo, joven. Mi pareja y yo estábamos seguros que había algo mal, que no era posible que ser padres significaba no poder bajar a tu bebé de tus brazos porque lloraba, se retorcía, y hacía gestos de dolor.
A todas las mamás y papás que estén leyendo esto y se sientan aunque sea un poco identificados, NO ESTA TODO EN TU CABEZA. Nosotros luchamos y no nos dejamos convencer por nadie de que la vida que estábamos viviendo era lo “normal”. No dejamos de buscar doctores y de pedir ayuda hasta que la encontramos. Ayuda no solo para nuestro hijo, sino para nosotros también. Cuando mi bebé tenía menos de dos meses, terminamos en Emergencias del hospital porque simplemente había una alternativa: o algo le pasaba a mi hijo y necesitaba auxilio, o yo me estaba volviendo loca y necesitaba socorro. Ese día le dije a mi esposo: “O hacen algo por él, o hacen algo por mí porque estoy colapsado”. Estuvimos en el hospital cuatros días y finalmente nos dieron una respuesta: alergia severa a la caseína.

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